Este tercer bloque es el corazón del retiro.
Pasamos de la injusticia externa a la entrega definitiva.
Aquí el enfoque no es el vacío, sino la plenitud del abandono en el amor.
Jesús conducido al calvario, crucificado, sufriendo la soledad, el dolor y la humillación.
Jesús que no deja de rezar salmos para estar conectado con el Padre
Todos han arrancado. A los pies de la cruz, María y otras mujeres junto al discípulo amado.
El dolor de la tortura física, la humillación sicológica, la soledad se unen en un cuerpo que agoniza
"Señor, pido la gracia de una confianza radical.
Que en mis momentos de mayor fragilidad o silencio de Dios, pueda sentir que Tus manos me sostienen, y que aprenda a descansar mi espíritu en Ti, sabiendo que nunca estoy realmente solo".
44 Era alrededor del mediodía.
El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde.
45 El velo del Templo se rasgó por el medio.
46 Jesús, con un grito, exclamó:
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».
Y diciendo esto, expiró.
Imagínate en la cima del Calvario.
El cielo se ha vuelto de un color plomizo, casi negro, aunque es mediodía.
Siente el viento frío que empieza a soplar, un viento que corta el silencio.
Mira la ciudad a lo lejos, que parece pequeña ante la magnitud de lo que ocurre en esta colina.
Percibe el olor a sangre, a hierro y a madera vieja.
Sitúate al pie de la cruz, siente la dureza del suelo bajo tus pies y el peso de la atmósfera.
Ver las personas:
Mira a Jesús.
No busques solo el dolor físico; mira la paz profunda que empieza a inundar su rostro a pesar de la agonía.
Mira a María y al discípulo amado; ellos son los "brazos del Padre" visibles en la tierra.
Mira al centurión, que empieza a intuir que este hombre no muere como los demás.
Oír lo que dicen:
Escucha los ruidos de la agonía que van cesando.
Y de pronto, ese grito final.
No es un grito de desesperación, es un grito de quien llega a la meta.
Escucha con el corazón: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu ...".
Es la oración de un hijo que se queda dormido en el regazo de quien más lo ama.
Escucha el silencio que sigue a su último suspiro; un silencio que ya no es vacío, sino que está lleno de Dios.
Mirar lo que hacen:
Observa cómo Jesús "entrega" el espíritu.
No se lo quitan, Él lo da.
Mira cómo sus hombros se relajan, cómo finalmente descansa.
El velo del Templo se rasga: ya no hay barreras entre Dios y nosotros.
Jesús, el Hijo de la Trinidad ha pasado por todos los sufrimientos humanos para redimirnos
En lo Personal:
¿Cuál es esa situación hoy en la que siento que "ya no puedo más"?
¿Soy capaz de pasar de la queja al abandono confiado?
¿Puedo repetir con Jesús: "En tus manos encomiendo este miedo, este proyecto, esta enfermedad"?
En lo Familiar:
¿Cómo podemos ser hoy, en nuestra casa, reflejo de las manos del Padre?
¿A quién en mi familia necesito sostener hoy simplemente con mi presencia, para que sienta que no está abandonado en su cruz?
En lo Social:
La Cruz es el lugar de los que no tienen dignidad a los ojos del mundo.
¿Dónde veo hoy a Jesús transfigurado en los que mueren en soledad o en los olvidados del sistema?
¿Cómo puedo ser yo un signo de que Dios está presente incluso en los lugares de mayor dolor de mi sociedad?
Habla con Jesús en la Cruz.
Agradece su entrega.
Dile qué partes de tu vida te cuesta "encomendar" y pídele que te enseñe a confiar como Él.
Imagina que te pones en el lugar de Juan o de María y que recibes el cuerpo de Jesús; deja que ese momento de silencio sea tu oración.
Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén