Llegamos al final del camino, donde la historia no termina, sino que recomienza y estalla en una vida que ya no conoce la muerte.
Este bloque es el envío: pasar del dolor contemplado a la alegría que se pone en camino.
Es el misterio que impulsa nuestra fe.
Jesús no fue derrotado, ahora emerge victorioso venciendo incluso a la muerte.
Esa realidad nos incluye.
Todo el sufrimiento se acaba en la cruz y renace la esperanza.
Es la alegría de una nueva realidad que ya despunta como la aurora venciendo la oscuridad de la noche
"Señor, pido la gracia de alegrarme y gozarme intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo Nuestro Señor resucitado.
Pido la gracia de reconocer tu voz cuando me llamas por mi nombre y de ver los brotes de vida nueva que ya están naciendo en mi entorno".
11 María se había quedado fuera, llorando junto al sepulcro.
Mientras lloraba, se asomó al sepulcro 12 y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.
13 Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?».
María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
14 Al decir esto se dio la vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.
15 Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?».
Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo».
16 Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir, «¡Maestro!».
17 Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre.
Ve a decir a mis hermanos: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes”».
18 María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras
Imagínate el jardín al amanecer.
El aire es fresco y tiene ese aroma a tierra mojada y a flores que despiertan.
La luz es todavía débil, de un azul grisáceo que empieza a tornarse dorado.
Mira la tumba abierta; la piedra, que parecía un obstáculo insuperable, ha sido removida y ahora es solo un recordatorio del pasado.
Escucha el canto de los primeros pájaros y el crujir de las ramas bajo los pies de María.
Ver las personas:
Mira a María Magdalena; su rostro está hinchado por el llanto, su cuerpo tenso por la pérdida. Y mira a Jesús. No aparece entre nubes, aparece como un jardinero, alguien que trabaja la tierra, alguien común. Mira cómo la mira a ella. Hay una ternura infinita en sus ojos.
Oír lo que dicen:
Escucha el sollozo de María. Y luego, escucha esa única palabra: "¡María!". Siente cómo esa palabra lo cambia todo. No es un discurso teológico, es un nombre dicho con amor. Escucha la respuesta de ella, llena de asombro y alivio: "¡Raboní!".
Mirar lo que hacen:
Observa el impulso de María de abrazarlo, de no soltarlo. Mira a Jesús enviándola: "Ve a decir a mis hermanos". La resurrección no es para quedársela, es para correr a contarla. Mira a María alejándose, ya no camina con pesadez, sino con la urgencia de la alegría.
En lo Personal:
¿Qué "piedras" han sido removidas de mi corazón en este retiro?
¿En qué área de mi vida siento que Jesús me está llamando hoy por mi nombre para decirme que la muerte ha pasado?
¿Qué algo nuevo está naciendo en mí?
En lo Familiar/Relacional:
¿Dónde veo a "Jesús transfigurado" en mi familia?
Quizás en un gesto de perdón, en una paciencia renovada o en la alegría de compartir la mesa.
¿A quién en mi casa necesito llevarle hoy la noticia de que la esperanza es posible?
En lo Social:
La resurrección ocurre en los márgenes, en un jardín, fuera de las murallas.
¿Dónde veo hoy brotes de vida nueva en mi comunidad?
¿En qué movimientos de solidaridad, en qué personas que luchan por la justicia veo el rostro del Resucitado que me dice: "¡He visto al Señor!"?
Habla con el Resucitado. Cuéntale tu alegría, o quizás tu dificultad para creer del todo en la vida nueva. Pídele que te dé "ojos de Pascua" para reconocerlo en el "jardinero", en el vecino, en el colega, en el extraño. Comprométete con Él a ser un testigo de esta esperanza en los lugares de tu vida que todavía parecen "viernes santo".
Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu Reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal. Amén.